John Williams. “Stoner”

“En su primera juventud Stoner había considerado el amor como un estado absoluto de la existencia al que uno podía tener acceso si la suerte lo ayudaba; al madurar había decidido que era el paraíso de una religión falsa que se debía enfrentar con sardónico escepticismo, cálido desdén y embarazosa nostalgia. En su madurez comenzó a entender que no era un estado de gracia ni una ilusión; lo veía como un acto humano de transformación, un estado que se inventaba y modificaba momento a momento y día a día, con la voluntad, la inteligencia y el corazón”.

De Stoner, por John Williams

Milan Kundera, La insoportable levedad del ser

“Entre los hombres que van tras muchas mujeres podemos distinguir fácilmente dos categorías. Unos buscan en todas las mujeres su propio sueño, subjetivo y siempre igual, sobre la mujer. Los segundos son impulsados por el deseo de apoderarse de la infinita variedad del mundo objetivo de la mujer.

La obsesión de los primeros es lírica: se buscan a sí mismos en las mujeres, buscan su ideal y se ven repetidamente desengañados porque un ideal es, como sabemos, aquello que nunca puede encontrarse. El desengaño que los lleva de una mujer a otra le brinda a su inconstancia cierta disculpa romántica, de modo que muchas mujeres sentimentales pueden sentirse conmovidas por su terca poligamia.

La segunda obsesión es épica y las mujeres no ven en ella nada conmovedor: el hombre no proyecta sobre las mujeres un ideal subjetivo; por eso todo le resulta interesante y nada puede desengañarlo. Y es precisamente esa incapacidad para el desengaño la que contiene algo de escandaloso. La obsesión del mujeriego épico le produce a la gente la impresión de que no se ha pagado nada a cambio de ella (no se ha pagado con el desengaño).

Debido a que el mujeriego lírico persigue siempre al mismo tipo de mujeres, nadie se da cuenta de que cambia de amantes; los amigos le crean permanentemente conflictos porque no son capaces de diferenciar a sus amigas y les atribuyen siempre el mismo nombre.

Los mujeriegos épicos (y por supuesto que Tomás es uno de ellos) se alejan cada vez más, en su búsqueda del conocimiento, de la belleza femenina convencional, de la que se han hartado rápidamente, y terminan indefectiblemente como coleccionistas de curiosidades.”

De La insoportable levedad del ser, de Milan Kundera

Milan Kundera – La insoportable levedad del ser

“Mientras las personas son jóvenes y la composición musical de su vida está aún en sus primeros compases, pueden escribirla juntas e intercambiarse motivos (tal como Tomás y Sabina se intercambiaron el motivo del sombrero hongo), pero cuando se encuentran y son ya mayores, sus composiciones musicales están ya más o menos cerradas y cada palabra, cada objeto, significa una cosa distinta en la composición de la una y en la de la otra”.

De La Insoportable levedad del ser”, de Milan Kundera

Federico Andahazi – Los Amantes bajo el Danubio

“A veces no hay nada más profundo y auténtico que una conversación trivial. La vida, finalmente, no es otra cosa más que una suma de minucias que, por circunstancias aleatorias se convierten en hechos trascendentales”.

Federico Andahazi, de Los Amantes bajo el Danubio

Wataru Ohashi, Cómo leer el cuerpo

“En Oriente jamás se dictamina sobre algo de forma categórica. Siempre
intentamos contrastar las características opuestas que se dan en un
todo. El todo está compuesto de opuestos. En todo existe la paradoja.
Si únicamente vemos lo malo en alguien o algo, vemos sólo la mitad
del cuadro. En ese sentido, estamos ciegos a las posibilidades que hay dentro
de la persona o la situación. Queda poca o ninguna esperanza porque
no hay motivos para la esperanza”.

De Cómo leer el cuerpo, de Wataru Ohashi